Cuando en 2008 la prensa empezó a publicar noticias
anunciando el fin de ciclo blaugrana, fueron muchos los que se negaron a
aceptar que existía un problema importante. Las continuas invenciones de la
caverna llevaron a algunos culés a ignorar una realidad hasta entonces
invisible. No lo vieron muchos aficionados y no lo vio tampoco Frank Rijkaard.
El equipo se estaba rompiendo y el hambre de títulos había desaparecido.

